Jessica se despertó con el golpe de la puerta. La habitación estaba sumida en la oscuridad, no obstante pudo divisar la silueta de su pareja que volvía tarde del trabajo, otra noche más. Tenía demasiado sueño como para encender la luz y discutir por aquello. Se limitó a esperar que se acueste y así seguir durmiendo. Ya aclararía cuentas con él al día siguiente. Escuchó como las pisadas se dirigían al otro extremo de la cama. Su esposo se dejó caer a plomo sobre el colchón. Jessica a punto de volverse a dormir percibió un fuerte olor acre. Giró la cabeza hacia donde estaba él y en un susurro le dijo: —José, pegate una ducha antes de acostarte. El colchón se sacudió una vez más y Jessica sintió que unos labios ásperos y temblorosos se apoyaban contra su oreja. —Yo no soy José.
Me llama la atención que esté tan naturalizado el reclamar más seguridad. ¿No deberíamos también, reclamar y esforzarnos en pos de que haya menos criminalidad? ¿A caso, exigir sólo más seguridad no es poner un balde debajo de una gotera? Algo que parece funcionar durante un tiempo, pero si no arreglamos el origen del problema, el balde eventualmente se va a rebalsar y vamos a estar peor que cuando empezamos.

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